Teo se va de putas

A estas horas.

Teo se va de putas(1)

Era una fiesta aburridísima. Yo sí, pero mal. Todo lo hago mal. Por eso estoy de Cónsul en esta ciudad. Mi soledad me permite soportarla. Pero también la hace insoportable. Es tan duro vivir solo. Te lo pregunto porque muchos muertos he visto cruzar delante de mi bandera. Llevo muchos años cambiando de puesto por Europa.

La Fortaleza de la Soledad: TEO va de PUTAS (un cuento para niños)

La he recorrido toda. Y he visto los muertos de nuestra tierra. Y los vivos. Y conozco sus caminos. Y estoy solo. Dame tu pasaporte. Me lo han quitado. Si estuviera sano No se contagia con una copa mi mal. No tengas miedo. Teo bebe. El Policía entra con el pasaporte. El Cónsul lo recibe y lo estudia. Teo le extiende su copa. Tienes un bello nombre. Como el hermano de Van Gogh. Casi nadie se llama hoy Teodoro.

Lo recordaría. Podría decirte donde lo he visto, cómo se viste, qué sombrero usa. La gente que se llama Teodoro suele usar sombrero. Como la mía. Si estuviera vivo sabría perfectamente de qué pie cojea, cómo estrecha la mano, en qué trabaja Con mayor razón No en mi camino.

No en este país ahora. Tal vez nos hemos cruzado. Estaba ansioso. Miraba sin ver. Lo pilló la guerra. El Cónsul le devuelve el pasaporte. Tus mismos ojos. De ahogado, de suicida. Estira tus manos. Deja ver la línea de tu vida. Sostén mi copa. Dame un trago. O uno solo. Qué disparate. Una funcionaria rumana quería ligar conmigo. Me hablaba toda la noche. En rumano. Estaba totalmente borracha.

Déjame sentir tu mano. Mira mi corazón. Estoy lleno de muerte. Se lo dije a la rumana. Se rió. Le pareció divertido. Le pregunté qué le encontraba de divertido. Se rió de nuevo. Después me llamaron. Que había un chico detenido en la frontera. Y buscas a tu padre. Yo ni siquiera conocí al mío. Murió cuando yo tenía dos años. Fui criado por mi abuela. Mi madre trabajaba todo el día.

No es bueno no ver nunca a la madre. Era dura conmigo. Como un hombre. Le gustaba leerme libros de viajes. Que viajes por el mundo, que me envíes postales y cartas con fotografías de muchos países. Se las envío. No me contesta nunca. Todas las semanas. Mi padre nunca me escribió. A mi madre no le escribiré nunca.

Nada significa una carta o ninguna. Todo puede ser falso. El silencio puede estar lleno de un amor loco. El amor estar lleno de odio. La correspondencia fluida puede ser un fraude. Mi madre no sabe que estoy muerto. Tal vez ella también esté muerta. Y todo sea un fraude doble. Entre dos muertos. La enviaré desde Toronto. Es tan frío Toronto. He engordado cinco kilos con la comida canadiense. Te quiere. Tu hijo.

Estoy muerto.


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No la quiero. No la quise nunca. A mi abuela sí. Pero eso era distinto. Ella se murió sin engañarme. Nunca me engañó. Nunca me mintió como mi madre. Ella me dijo que mi padre estaba vivo. Y yo sabía que estaba muerto. Lo vi caer infartado sobre la mesa del desayuno. Y mi abuela me lo decía, al oído me lo decía. Mi padre. Qué bello debe haber sido. Padre, padre, decir Padre. Se me ha secado la copa. Es de tan mal gusto dejarla por ahí sola, abandonada. Me entristecen tanto los objetos abandonados.

Qué objetos tan tristes. Y una copa vacía. Tiene algo hermoso. Su transparencia. Pero algo tan melancólico.

18 mayo 2006

Y algo también muy divertido. Es como una burla la copa. Se ríe con su misterio. Nadie se imagina que un muerto bebió de ella, que sus labios podrían contagiar una enfermedad mortal Usted me dijo No me trates de usted. Eso es ridículo. Sales inmediatamente de aquí. Yo te llevaré por Europa. Depende para qué. Es una buena respuesta. Por supuesto. No es lo mismo un hombre que una mujer. Prefiero en tantas cosas a las mujeres y en tantas cosas a los hombres. Qué pregunta tan tonta la mía. Qué brillante respuesta la tuya. Suele darse esa pareja. La pregunta tonta y la respuesta brillante.

O viceversa. Lo doloroso es el viceversa. Lo raro es que sea todo brillante. Pero también es espantoso. Alguien debe siempre decir una tontería. Es parte del disfrute de la vida. Como la muerte es parte del disfrute de la vida. Es tan grande Tengo objetos muy hermosos.

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Solamente bailar conmigo. Tengo buen oído. Canté en un coro. Yo sostendré la copa. Así se apoyó en mi mejilla la rumana. Bailan Así. Qué extraño. El tuyo Hueles a esperanzas. Tengo, por lo tanto, ciertos derechos sobre el bien y el mal. Estoy y no estoy en este mundo. Al fondo de mis ojos tal vez lo veas.

A tu padre. Mira bien. Afuera llueve. Teo con su mochila. El cuarto es pequeño e incómodo. Un aviso de neón parpadea en el exterior. Una cama pequeña con barrotes. Ruido de gente en el pasillo. Se miran largo rato. Llueve incansablemente. Hay mucho ruido. Pasa mucha gente por el pasillo. No se oye nada desde el pasillo. Si quieres que grite, gritaré, si quieres que chille, chillaré, si quieres que gima, gemiré. Conozco este hotel hace años.

Ella se desnuda lentamente. El la contempla mientras revisa puertas y ventanas. Con una puta, digo. Haces preguntas de novato. No te desvistes. Hay mucha gente en el pasillo. Vienen a lo mismo que vinimos nosotros. Risas en el cuarto vecino. Gemidos a lo lejos. No me gusta oírlos. No los oigas. Ven, deja que te calme.

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Ella estira los brazos hacia él. El deposita su cabeza en su regazo. Si no quieres correr riesgos Depende del día, depende de la noche. A veces uno, a veces cinco. Otras mujeres ni siquiera lo hacen por dinero. Cinco, cinco al día. No debes recordar ni sus nombres. Ni se los pregunto. Yo me llamo Teo. Porque te lo digo yo. Nadie dice nunca su verdadero nombre a una puta. Ni siquiera el mío es el auténtico. Mi nombre es Teo. Contéstame, mudo.

Tengo un amigo. Yo también tengo uno. Y me exige dinero. T eo se lo muestra. Así es mejor. No es cuestión de plata. Es cuestión de vida o muerte. Si me pagas haré lo que quieras. Hablar, hacer el amor, esperarte. No eres tan joven. Tal vez hayas conocido a mi padre. Era guapo, alto, firme.

Esos no me necesitan. Se les dan solas, gratis. Yo recibo a los que no pueden con el mundo. A los desvalidos o los extraños o los marginados. A los que les cuesta la vida. Crees que soy de esos. Me desprecias. No te desprecio. Ya no tengo ganas. Pues yo tengo frío. Ella se viste. No te vistas. Tengo frío. Eres hermosa desnuda. Tengo el cuerpo hecho añicos.

No te vistas, por favor. Ella se detiene. Por favor. No sé qué podrías hacer. Puedo acariciarme. Puedo masturbarme. Puedo fingir que estoy con un hombre. Puedo simular un orgasmo. Puedo decir palabras sucias. Puedo simular que soy un hombre. Solamente digo lo que puedo hacer. Yo soy un hombre normal. Me lo imagino. Puedo bailar. Quiero que bailes.

Nunca he cantado. Ella se decide y baila. No me lo digas. No eres muy joven. Ni muy mayor. Y tus pechos son sanos. Ni me has tocado siquiera, hijo. No me digas hijo. Y no dejes de bailar. Me gusta. Si tienes un hijo. Y eso qué te importa. Quiero que me digas si tienes un hijo. No quiero que me tengas compasión. Eres grosera.

Y agradece que soy yo y no otra que ya te habría hecho un tajo en la cara. O habría llamado a su macho. O te habría puesto de patitas en la calle. Teo rompe a llorar. Mierda, mamón, puto maldito. Quédate quieto. Vamos, no he dicho nada, no he dicho nada. No te importa. Yo no soy poca cosa.

Aquí no saldremos muy distintos. Yo te olvidaré. Y basta. Eso es todo. Un pestañeo. Abrir y cerrar de ojos. Y ya me fui. Y ya te has marchado. Y hay otro. Sí, así es. En esas calles puede estar mi padre. O ha estado. Sé que estuvo en esta ciudad. Y que vino aquí. Y que tenía cierta favorita. Y que hablaba de mí y de mi hermana. No he sido yo. No he oído de nadie que haga eso por aquí. No seas niño. No soy un niño. Bien, ya ha pasado demasiado tiempo. Te quiero desnuda. Y con los ojos vendados. Y atada de pies y manos. Y con una mordaza en la boca. Y que me escuches. Toda lo noche.

Ustedes, los buenos, los inocentes. Desnuda, vendada, atada, amordazada. Pero sin daño. Sin daño. Teo le arroja una cuerda. Me das miedo. Yo ya lo perdí. No me hagas daño, por favor. Ella se ata a sí misma los tobillos. Lo mira con aspecto suplicante. El le ata las manos. La venda.

La amordaza. Luego se sienta y la mira. Acerca sus manos a un milímetro de su piel como para acariciarla.

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Saca de su mochila un cuchillo. Cierra las ventanas. Oscurece la habitación. Te quiero. Hermana entra ansiosa, en bata, corriendo. Tal vez agite una linterna. Teo se esconde en la oscuridad. Escucho tu respiración. Reconocería tu aliento a kilómetros. Silencio, por favor. Lo ilumina con la linterna.

Tienes que darte un baño, tienes que entrar. No, por favor, no. No quiero que ella se despierte. Ha tomado píldoras. Y ha bebido. Discutió con Agustín. Con ella. Duermen los dos. Te he extrañado tanto. No, hermano mío. Te he escrito. He pensado tanto en ti. Lo abraza. Se separa al instante, asustada. Un cuchillo. Trata de soltarse. El no se lo permite. He regresado en barco, a pie, he cruzado la selva, la montaña.

Seguí sus huellas. Bebí en sus bares, me senté en sus sillas, dormí en sus camas. Se escucha ruido dentro de la casa. La voz de Agustín. Teo cubre la boca de su Hermana. Le apaga su linterna. Todo queda a oscuras. Agustín, el Amante, abre la puerta que da al patio de la casa. Su perfil se recorta.

Mira en silencio. Teo sujeta a su hermana. Agustín cierra la puerta. Teo se libera y va hacia la puerta cuchillo en ristre. Teo abre la puerta y entra. Todo queda otra vez a oscuras. Ya te escribiré. Todo a oscuras. Cónsul hace entrar a Teo a su departamento. Luz entra desde las ventanas. Años en el Oriente, en ese mundo extraño. He viajado tanto. Tal vez demasiado. Entra, no seas tímido.

No te puede pasar nada. Nada malo, digo. Teo entra. El Cónsul se coloca una bata japonesa. Siéntate donde quieras. No muy fuerte. Algo dulce. O seco. O sin alcohol. Debes estar cansado. Quiero dormir. El cónsul carga su copa. La bebe y la vuelve a llenar una y otra vez. Te convierten poco a poco en bulto. Un solo muñón que ni siquiera sangra. La ciudad es muy grande. No te imaginas Tokio. Y no te digo la India.

Y México. No voy a poder hallarlo. Es todo fugaz. No hay apenas memoria que pueda detener lo vivido. Me quedaré. Siempre se van. Mi padre cruzó esas calles. Mi madre dice que no. Las madres suelen ser terroríficas en sus aciertos. Dice que ya estaba muerto cuando se marchó. No sé dónde buscarlo. Sé de amigos que tuvo, amores que tuvo, rastros que dejó como jirones. Ninguna pista clara. Sólo yo podría haberlo reconocido. Sé que lo habría reconocido. El Cónsul abre una puerta al fondo. Enciende una luz que invade la habitación.

Apaga esa luz. Entra aquí. El Cónsul apaga la luz. Teo va hacia la habitación. A punto de entrar el Cónsul tal vez lo abrace. Lo prometo. Detective y Cónsul. Superpuestos a la acción final de la escena anterior. Un par de ventiladores acusan un terrible calor veraniego. Ambos en camisa, con manchas de sudor. Son ya siete. Siete cuerpos mutilados. Aparecen las manos o un pie o la cabeza. En un canal en Amsterdam, en un papelero en la Castellana, en un Metro de Berlín.

No hay testigos. Hablan de él las otras putas. Dicen que es de su país. Debe ser fuerte y cruel. Las desangra. Con cortes en las muñecas, en las ingles, en el cuello. Las desolla, les arranca los pechos dejando las costillas al descubierto. Algo debe decirles mientras las tortura. Las insulta, tal vez, o las adula.

O les habla de algo o de alguien. O les cuenta un cuento. O les canta. O les baila. Y luego las reparte por la ciudad. Sus fragmentos en bolsas de basura. Las encuentra un perro o un drogadicto. Es cierto, no hay testigos. Aquí, hace meses, vagando. Joven y peligroso. Sin alcohol, por favor. El Cónsul sirve dos vasos de bebida. No he visto a nadie, detective.

O, mejor dicho, he visto tantos. A la altura de la decadencia europea Hay voces, hay testimonios Pero también hay leyendas que tal vez protejan un viejo mal. Como la caza de brujas, detective. Los grandes asesinos son ciudadanos de ninguna parte. Se equivoca. Tal vez ese joven sea uno de ellos. Tenemos que detenerlo. Ese mismo joven, un vagabundo sin tierra. Como el loco o el místico o el enamorado No se vaya sin antes dejarme su tarjeta. El Detective se la extiende. El Cónsul la coge. La lee y la guarda. Le sonríe. Levanta el vaso para un brindis que el Detective no acompaña.

Puta atada a una cama. Teo saca un cuchillo de su mochila. Que me cuentes todo cuanto sabes. Sobre él. Lo que no me has dicho. Que me lo diga tu garganta. Y si no tu boca. Y si no es tu boca, tu piel. Y si no es tu piel, tu sangre. Y si no es tu sangre, tu muerte. Y si no es tu muerte, la mía. Pero quiero saberlo todo. Qué hizo. Qué te dijo al despedirse. Madre en Europa. Con un pañuelo en la cabeza, con gafas oscuras, como quien oculta ojos muy hinchados.

Teo y su mochila. Mesa de café en la acera. No puedo dormir con tu silencio. Te comportas como tu padre. Desapareces y ya. Yo me he sacrificado mucho por ti, infinitamente. Bebo demasiado, no soy estable emocionalmente, tomo píldoras en exceso. Tengo que trabajar. Ser viuda de un médico es igual que ser viuda de nadie.

Nunca supo ganar dinero. Sus ataques de celos. He tenido muy mala suerte con los hombres. Esperaba que fueras el hombre que me acompañara por el resto de mis días. Junto a mí. Sin pedir nada a cambio. Todos quieren sexo. Después del sexo se aburren o se duermen o se olvidan. Respiro su mal aliento, sus pedos, sus bocas abiertas mientras roncan, sus calvicies. Son todos unos animales. Pero partiste. Nunca creí que te atrevieras. Sin dinero, como un vago.

Hubieras sido acaso un artista que necesitara conocer Europa. Nada de eso. Estudias electrónica. Apenas un técnico. No fuiste buen alumno. Nada de eso importaba. Que te hubieras quedado con nosotras, que hubieras colaborado en la tienda, que te hubieras graduado. Poner un negocio. Maldita obsesión con tu padre. Por eso, no les he hablado nunca de él.

Por eso, oculté sus fotos. Sabía que iba a pasar esto. Tarde o temprano. Se marcharían. Y quedaría sola, definitivamente sola. Dice que ha encontrado una pareja. Es un australiano. Un australiano. Qué horror. Lector de cómics, devorador de buenas pelis y series de TV, ex-jugador de rol ya no queda mucho tiempo libre , escritor y guionista insaciable Ver todo mi perfil.

Cuentan que, un día, cansado de ir al parque, a la granja, al campo praderas y toda esa mierda, no el hipermercado , al cole, a la piscina, al zoo, a la playa, al monte, al bosque, al instituto, a la universidad, al bar, a un restaurante de lujo tenía pelas el cabrón y a un kebab no, no murió comiendo "turco muerto" , a un templo maldito, a una galaxia muy, muy lejana, a la jungla de cristal, a Gotham City, a Instituto Xavier para Jóvenes Talentos, a Krypton digo yo que antes de que explotara, a mi no me pregunteis lo que hace el capullo pelirrojo este , a Genosha, a la Casa Blanca no sé qué actor hacía de Presidente y no sé si se la estaba chupando alguna señorita con apellido ruso que no había acabado la carrera , a dar la vuelta al mundo, al Encuentro del Cómic y la Ilustración de Sevilla y a la pulpada de la misma joder, es pelirrojo, pero no gilipollas Sobre la puerta principal había un cartel enorme de neón aderezado con varios lacitos de los colores anteriores, que rezaba "Club: Las Tres Putillas".

Primero lo acompañó a una habitación toda de color verdoso, donde los motivos de cesped y campo abrumaban la mirada. La chica lo dejó allí para que esperara y, al cabo de unos minutos, salió la misma chica pero ataviada con un picardía color verde. Con un registro de voz bastante cambiado, le ordenó a Teo que se tirara en la cama.